Buscando trabajo en Israel

buscando trabajo en Israel

Gabriela y la fábrica de wafers

waferGabriela, una amiga mía, me comentó algunos detalles de su experiencia trabajando en una fábrica de alimentos. En su primer día estaba muy ansiosa y recordaba los comentarios de otra inmigrante latina que había conseguido empleo en una fábrica de cosméticos pero debido a las pesadas labores y al pésimo trato de las otras empleadas en su mayoría rusas, trabajo tan solo por un día.

Gabriela llegó muy puntual a su nuevo trabajo; ella y otra inmigrante de la ex Unión Soviética  fueron recibidas por una mujer muy adulta también rusa de expresión severa en su rostro que comenzó a hablar en ruso pero después, por petición de mi amiga,  continuo sus explicaciones en hebreo. Luego de que Gabriela mencionara que era suramericana, el trato de la jefa de personal se tornó más cordial, algo que por su puesto fue inesperado para ella. También fue inesperado el trato cálido y amable del ingeniero de alimentos que a su vez está encargado de las normas de higiene y de seguridad en la planta;  era un joven de acento israelí que no pretendía ser impositivo o amenazante al hablar de las reglas y prohibiciones de la fábrica.

En la primera semana Gabriela trabajó en el turno del día diez horas diarias y todo el tiempo  estuvo rodeada de  mujeres en su gran mayoría muy adultas y todas de la ex Unión Soviética.  La presión que ejercían sobre las nuevas empleadas para que trabajaran rápido era permanente  y entre el personal más antiguo se veían acaloradas discusiones y gritos que, por ser en ruso, mi amiga nunca entendió.  Para ella era desesperante escuchar permanentemente un idioma totalmente desconocido y mucho más sabiendo que en algunas ocasiones quizás estaban hablando acerca de ella.  Sin embargo, cuando había oportunidad la gran mayoría de las empleadas querían saber un poco más acerca de su vida así como de su país de origen.

Gabriela también logró entablar conversaciones con sus compañeras de trabajo y aprendió rápidamente sus nombres por más complicados que fueran.  Con algunas reglas básicas como saber escuchar, en la medida de lo posible no discutir, mirar a los ojos de las personas cuando estas están hablando y tratar a todos con respeto, en especial a las mujeres de avanzada edad, mi amiga logró ganarse el aprecio de la gran mayoría de sus compañeras de trabajo desde la primera semana. En la segunda semana continuó trabajando en el turno de día  doce horas diarias y con un grupo de empleadas diferente que según sus compañeras del otro turno eran mucho más conflictivas y difíciles de tratar.  Pero  aplicando los mismos principios logró nuevamente establecer una buena relación con la mayoría de empleados.

A través de algunas conversaciones, mi amiga pudo enterarse de que en esa fábrica trabajaban ingenieros, contadores y hasta una geóloga,  todos ganando el salario mínimo (20.70 shekel por hora) y renunciando al sueño israelí porque, según ellos, no tienen otra alternativa o incluso es el mejor trabajo que han logrado conseguir. A pesar de trabajar doce horas diarias tanto en el turno de día como de noche, a los empleados no se les da el almuerzo como en otras empresas y deben llevar su comida.  Debido a esto, a las bajas bonificaciones y a otras razones,  los dueños de esa empresa tienen  la imagen de tacaños ante sus trabajadores.

explotacionEn Israel como en todos los países del mundo también existe la explotación de los inmigrantes. Gabriela  me comentaba que no podía creer cómo muchas de las empleadas provenientes de Rusia, Ucrania o Moldavia, pudieran llevar  más de diez años en esa fábrica donde la intención es exprimir cada esfuerzo de los empleados y prácticamente no se hace nada por su bienestar. Ella también se entero de sorpresitas como el no pago de la media hora de almuerzo, algo totalmente legal en Israel, y el hecho de que en la industria de alimentos no se pagan horas nocturnas,  tan solo horas extras.

Después de mes y medio Gabriela  se retiró de la fábrica de alimentos,  después de lo cual me comentó una de sus reflexiones sobre la reciente experiencia: “Trabajar doce horas diarias es como entregar casi toda la vida para que unos pocos se hagan mucho más ricos de lo que son  a costa de los sacrificios y sueños frustrados de los demás, mi vida  vale mucho más de 20.70 shekels la hora.”

Aceptar o no un empleo no calificado, en Israel o cualquier parte del mundo, no es una decisión sencilla cuando fuera de las aspiraciones personales también está de por medio el bienestar  de los hijos y la familia y no  surgen mejores alternativas.  Por ésta y otras razones aunque explotados y subvalorados, muchas personas  que generalmente vienen de países muy conflictivos, se ven acorralados y continúan por años en trabajos no calificados, pero también hay quienes ven el lado positivo de estos empleos ya que, en los casos en los que hay estabilidad, estos permiten adquirir una casa o carro en el transcurso de los años o asegurar una pensión.

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